Otro
despertar, este no tan metafísico. Naturalmente, no a la realidad o a la vida.
Porque la vida para un joven como el que fui yo no tiene nada que ver con una
expedición por el Amazonas buscando el Dorado, que acaba como
el rosario de la aurora. Lo malo (o lo bueno) de las iluminaciones en la
juventud es que no son «esto es lo que estaba esperando» sino que son caídas del
caballo dolorosas a lo San Pablo. Un «esto no me lo esperaba».
Lo que no me esperaba era la condición humana. Y sobre todo, el miedo, las dos
direcciones del miedo. Cuando está del lado de la autoridad y la osadía, no
conoce freno y maneja las situaciones a su antojo. Y cuando está del otro lado,
no sabe, no puede parar el abuso. Sí, ya sé que, aunque basada en hechos
reales, es una novela. Pero también aprendí leyendo este libro que aunque las
cosas no hubieran sido así, basta con que podrían haberlo sido.
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miércoles, 27 de mayo de 2020
sábado, 23 de mayo de 2020
EL RETRATO DE DORIAN GRAY
Un adolescente imberbe, rata de biblioteca, pero, en
principio, con pocas complicaciones y un alma fantasiosa, tiene varias formas
de despertar y no todas están en las peleas en el colegio o el instituto, en la
presión de los estudios, en lo que se cocina en casa o en su escaso contacto
con el universo femenino. Porque la vida la vive también como una novela. Así
que no estaba preparado para lo que me pasó cuando leí por primera vez Dorian
Gray. Conozco a quién perdió la fe con esta novela. La mía se tambaleó hasta
los cimientos. Entonces sentía por qué pero no era capaz de explicármelo a mí mismo. Ahora sé que no estaba preparado para el inmenso escepticismo que
desprenden sus diálogos metafísicos ni para su desasosegadora ambigüedad moral
y que fueron estas cosas y no la trama o el cuidadoso descenso al infierno del
protagonista los que me dejaron en estado de desecho. Naturalmente, cuando la vida se ha
manifestado con toda su plenitud, uno está vacunado contra el libro, por eso
cuando lo volvía a leer, todo quedó en el goce de su espléndida literatura. Al
fin y al cabo como él mismo Wilde dice: «Escribí cuando no conocía la vida.
Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede
escribirse; sólo puede vivirse.»
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